Éxodo 33:1-23
La pareja de misioneros y sus hijos eran nuevos en el campo misionero. El país de su llamamiento era extremadamente pobre, cuando fue devastado por la guerra unos años antes. La evidencia de la tremenda pobreza era visible en todas partes.
Cuando se mudaron a su casa rentada con sus pertenencias, fueron calurosamente bienvenidos por un misionario que vivía a la vuelta de la esquina. El había vivido ahí con su familia por casi dos años, así que conocía el vecindario. Después de expresar su alegría en su llegada, dijo “Ustedes pueden esperar ladrones que vayan a su casa durante su primer semana”. También les aseguro que los ladrones no eran violentos, así que no había necesidad de alarmarse. Solo eran pobres, gente desafortunada, que trataban de sobrevivir sin lastimar a nadie.
Esa noche cuando fueron a dormir, el esposo y esposa durmieron con las orejas y ojos abiertos. Al sonido más leve la esposa le diría al esposo “¿Oíste eso? ¿Sera un ladrón?” el hombre de la casa investigaba solo para no encontrar visitantes sin invitación. La primera noche fue de verdad inquieta.
La siguiente noche fue una repetición de la primera. La pareja cansada se retiró. Se escucharon ruidos sin identificar. ¿Había un ladrón en la casa? Se prendieron las luces, pero no se encontró a nadie. Terminó siendo otra noche inquieta.
Los misionarios estaban muy cansados, y extenuados cuando se enfrentaron a un día de estudio de idiomas, una tarea cansada en sí misma. Terminaron el día y una vez más se fueron a la cama, pero no a dormir. Casi deseaban que un prometido ladrón amigable apareciera. Los minutos y las horas pasaron al esperar y mirar. Otra vez ningún ladrón apareció. La pareja estaba exhausta.
A la cuarta mañana el esposo fue a su estudio temprano para preparar el estudio de idioma. Un misionario cansado noto una placa, que había colgado en la pared el día que se habían mudado a la casa.
La placa tenía un versículo bíblico, que leía “Mi presencia ira contigo y te daré descanso”. Éxodo 33:14. El molido misionario bajo su cabeza y oró. “Señor, estuve de guardia durante las tres últimas noches. Estoy cansado. Confío en que tomaras el control. Puedes vigilar a los ladrones”. Eso marcó el fin de las noches sin dormir. Descanso al fin. Durante su servicio misionero ningún ladrón entró a su casa.
Padre Celestial, que confortante y asegurador es saber que tu estas con nosotros. Tú no te duermes o adormeces. Encontramos descanso en ti. Gracias por tu presencia. En el nombre de Jesús. Amén.
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